Desde las viejas citas mundialistas entre Europa y África, la selección inglesa irrumpe como potencia clásica, apoyada en la posesión del balón, la circulación veloz y el dominio del área contraria gracias a su poderío aéreo y las llegadas desde segunda línea.
Enfrente se planta el combinado faraón, el más laureado del continente, que apuesta por un fútbol de toque, paciencia y cambios de ritmo constantes sustentado en el talento de sus atacantes. El cruce reúne a un bloque físico, ordenado al detalle en lo táctico, frente a una escuadra creativa capaz de castigar cualquier desajuste.
En plena fase de grupos de un Mundial, un tropiezo se paga caro, de modo que cada balón dividido entre británicos y norteafricanos se disputa como si definiera la clasificación.
En los últimos grandes torneos, el conjunto de la rosa llega respaldado por actuaciones consistentes, con Harry Kane como referencia goleadora y una generación de talentos como Jude Bellingham, Bukayo Saka o Phil Foden marcando el compás del juego.
Al otro costado aparece la selección faraona, que carga con el peso de sus numerosas coronas continentales y se ordena alrededor del liderazgo de Mohamed Salah, escoltado por compañeros con experiencia internacional capaces de desequilibrar en tres cuartos de campo.
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